| Fue
el primer Director del Instituto de Historia y elaboró
el marco reglamentario sobre el cual se asentó su funcionamiento
durante
bastantes años,
pero yaantes de eso había
sido Director del Departamento de Historia de la antigua Facultad
de Filosofía y Educación y allí contribuyó
a echar las bases de lo que hoy somos y significamos en el ámbito
universitario nacional.
Esas
labores administrativas y directivas las realizó con
una gran responsabilidad y dedicación, sin embargo las
asumió siempre contra su voluntad pues le resultaban
poco atractivas y no sólo eso sino que le significaban
una pesada carga. No obstante estuvo dispuesto a asumirlas merced
a las presiones de sus amigos y al acendrado sentido del deber
que poseía. Consideraba que tenía una responsabilidad
frente a la sociedad, a la Universidad y a la Iglesia y que
a través de su trabajo como profesor o como director
del Instituto estaba retribuyendo parte de lo que a él
le habían entregado.
Pero
si bien la administración universitaria y el trabajo
docente no le era fácil y de hecho le agobiaban, el cultivo
de la historia lo satisfacía plenamente y a ella dedicó
la mayor parte de su vida. Se interesó por esta disciplina
cuando aún era estudiante secundario en el Liceo de los
padres alemanes. Allí tuvo como profesor a Jaime Eyzaguirre,
quien fue el que le despertó la vocación y lo
condujo por los entresijos de esta ciencia en la Facultad de
Derecho de la Universidad Católica. Bajo su guía
elaboró su memoria de grado Los estudios jurídicos
y la abogacía en el reino de Chile, una investigación
modelo en el campo de la Historia del Derecho, que todavía
hoy tiene plena vigencia y no ha sido superada. En esa Facultad,
al lado de Jaime Eyzaguirre, con quien tuvo una estrecha amistad,
se inició como profesor, destacándose de manera
especial en la dirección de memorias y en la secretaría
de un instituto de investigaciones históricas y de la
revista Historia que aquél había fundado en esa
unidad académica. Su vocación histórica
se había fortalecido luego de su paso por el Archivo
de Indias de Sevilla en 1956, en donde tomó contacto
con destacados historiadores españoles y americanos y
se sumergió en los papeles correspondientes a la Audiencia
de Chile recopilando material que volcaría en diversas
publicaciones y de manera especial en la biografía del
obispo Manuel de Alday.
A
instancias de don Ricardo Krebs, en 1961, don Javier llegó
al Departamento de Historia y Geografía antecesor del
actual Instituto a dictar clases de historia de Chile. A partir
de ese momento se vinculó a esta unidad académica,
permaneciendo en ella hasta su jubilación. Por muchos
años fue el verdadero guía de esta unidad, pero
no sólo por el cargo administrativo de Director que desempeñó,
sino por el liderazgo espiritual que ejerció, sin proponérselo,
pero que todos aceptábamos como algo natural. Don Javier,
no obstante su timidez, tenía una especie de áurea
de la que irradiaba bondad y que hacía que todo el mundo
lo respetara y requiriera de su opinión sensata y equilibrada.
Con
don Javier se va un hombre excepcional. Lo admirábamos
profundamente porque rara vez se pueden encontrar en una persona
tantas virtudes reunidas. Cultivó su inteligencia con
una dedicación sistemática al estudio. Era en
realidad un hombre sabio, al que siempre estábamos consultando,
sobre los temas más variados, pues sabía de todo,
pero de manera especial historia, arte y literatura española.
Poseía un notable buen criterio, que nos llevaba a acercarnos
en busca de su consejo, siempre atinado. Su generosidad era
proverbial, especialmente la relacionada con el ámbito
intelectual. Siempre estaba dispuesto a revisar un artículo,
a responder preguntas, a estimular las investigaciones y trabajos
de los demás. Pero, a varios de nosotros lo que más
nos impresionaba era su extraordinaria bondad. Jamás
le escuchamos una reacción destemplada, una palabra dura
o hiriente, una opinión descalificadora de alguien y
por el contrario, siempre, de manera muy comedida, nos llamaba
la atención cuando alguno de nosotros llevado de su temperamento
se sobrepasaba en sus juicios u opiniones. Ese comportamiento
de don Javier respondía al cultivo de los valores cristianos.
En el fondo lo que hacía era tratar de cumplir con las
obligaciones que la fe y la Iglesia imponen a los fieles. Toda
su vida giraba en torno a esos principios.
Para
nuestra generación, don Javier fue el gran maestro, en
el más amplio sentido de la palabra. En mi caso particular,
desde que lo conocí, hacia 1964, me marcó profundamente,
al extremo de que buena parte de lo que soy desde el punto de
vista profesional se lo debo a él. Estoy cierto que otros
amigos piensan en ese aspecto de manera muy similar en relación
con su caso particular. Don Javier nos inculcó el entusiasmo
por la investigación. Nos hizo comprender el papel de
las fuentes. Nos precavió contra las grandes teorizaciones
que no fluyen de las fuentes sino de la cabeza del historiador.
En fin, nos inculcó algunas dosis, como él decía,
de “sano escepticismo”, con respecto a la determinación
de las verdades históricas.
Hace
4 años el Consejo Superior de la Universidad Católica
por unanimidad le concedió a don Javier, el grado honorífico
de Profesor Emérito de la Facultad de Historia, Geografía
y Ciencia Política. La Universidad otorga este reconocimiento
a un profesor que se ha destacado por su actividad docente y
de investigación por más de 20 años y que
por su dedicación a la casa de estudios y por las relevantes
condiciones de maestro puede ser un modelo para las jóvenes
generaciones. Pocas veces es posible encontrar una persona que
hubiera cumplido mejor con esos requisitos para merecer dicho
reconocimiento.
Si
bien a partir de ahora don Javier no estará físicamente
con nosotros, su obra histórica, su recuerdo y ejemplo
de vida permanecerá siempre en nuestros corazones. |