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Artículos de prensa

"Amor y Muerte
El Mito como Fuente de Verdad"

Ana María Stuven y Joaquín Fermandois*

Lo que hay de insensatez en el amor es que se desea acelerar y perder los días de espera. De este modo, en uno de sus aspectos, el amor coincide con la muerte.
Albert Camus.

Mito, Historia y Verdad
Algunas de las facetas del amor develan un vínculo indisoluble con la muerte. En la persecución poética de su realización amorosa, la muerte emerge como desenlace culminante. La historia recoge innumerables relatos que nos dan testimonio de la existencia de este eslabón vital entre realidades que aparentemente se anulan. Amor y muerte surgen como un hito fundacional en los momentos en que la mano del alma alcanza a rozar lo absoluto; cuando la realidad descarnada se hace patente, desde la mitología griega a las narraciones medievales y las expresiones modernas. La mitología es una forma privilegiada para aprehender el vinculo amor-muerte, el cual a su vez nos abre a las posibilidades y a los límites de la vida, a la eternidad y a la fragilidad, a la victoria que se sueña eterna, y que se desvanece al instante siguiente. En su conjunto, es una primera experiencia cultura de la totalidad de la vida. Para nosotros, la idea del amor aparece asociada con criterios occidentales. No obstante, hay que abrirse a la comprensión de que en realidad Occidente ha actualizado algo que en potencia está en la revelación de lo humano. Occidente ha conceptualizado la idea del amor, proyectando la imagen de que éste alcanza su plenitud esencial al interior de nuestra civilización. La poesía, la literatura, el arte, el pensamiento occidentales han expresado en forma preferente la temática del amor, como un sentimiento central del ser humano. El cristianismo se encuentra en el origen de esta posición, en cuanto funda en el amor la relación con lo sobrenatural. El hombre es, ante todo, amado por Dios, lo que otorga al amor una dimensión sacralizada como proyección del amor divino. Al hacer explícita la idea del amor como fin en sí mismo, Occidente ha tendido a separarse de aquellas culturas que no asumieron verbalizaciones semejantes. No obstante, el amor está presente en toda realidad humana, incluyendo distintas culturas previas o simultáneas al desarrollo de Occidente. El amor de otros parajes tiene distintas formas de expresión y obviamente también otras manifestaciones culturales, llegando a ser incluso una experiencia que comparten los dioses entre sí.

Sin embargo, al mismo tiempo que hace del amor un tema estelar de la cultura, Occidente ha tendido un velo sobre la experiencia directa de este tipo de vínculos absolutos. Especialmente Occidente moderno, o la modernidad a secas, tiende a domesticar la pasión estremecedora del amor, reduciéndola a un proceso biológico, sicológico, o espiritual poderoso, pero confinado dentro de los límites del lenguaje de nuestra cultura. De la misma manera, la muerte se encubre en una "terapia" que permita recibirla o "recuperarse" de la pérdida de un ser querido. Cementerios rodeados de jardines, donde el testimonio del ser que se fue se entremezcla con escenas naturales y pastoriles, desproveen a la muerte de su profundo dramatismo como instancia suprema de encuentro con la finitud, con el ser, con los otros y con la trascendencia. En otras instancias, el jardín en torno a la tumba nos recordaba esa parte de nosotros que vuelve a la naturaleza, la que en sí misma reflejaba un aspecto de la trascendencia. Ahora es parte de un decorado provisto de la función de amnesia del dolor de la pérdida. Más dramáticamente, la cultura de masas mediatiza el amor y la muerte con la exacerbación del rayo fulgurante de la moda, ignorando el aura mágica y misteriosa que los rodea. "Oh tú, sólo la muerte podía arrancarte de mí; tú no puedes ser desgarrado de mí ni siquiera por la muerte" (Píramo y Tisbe).

Como experiencias originales y fundacionales, el amor y la muerte, pensados como irrevocablemente ligados, se nos escapan si nos quedamos con estas expresiones reduccionistas. (Estamos hablando principalmente del amor entre hombres y mujeres, debido a que el paradigma del amor heterosexual es también referencia obligada para la reflexión en torno al amor homosexual.) En cambio, sumergirse en amor y muerte, en soledad esencial pero en comunión con otro, presente o ausente, es lo que en un principio hizo posible que existieran como fuentes y desenlaces de la vida. "Morir de amor", que es una de las formas de esta relación, puede darse como fruto de tocar lo paradisíaco, o como resultado de la tragedia del sueño amoroso. "Amar hasta la muerte", otra vertiente del arrojo del amor, conlleva la fuerza de vincular este absoluto a otra experiencia absoluta, de manera que alcance una sublimación con visos de eternidad. En el amor frustrado, la muerte es una redención en la que nos hundimos como esperanza. La muerte, transfigurada por el amor, es una vertiente de vida. De vida eterna. Así también, constituye una palabra dirigida a quienes viven, de que no teman a la experiencia que funda; que no la banalicen tampoco. La respuesta debe ser la veneración de la palabra, del verbo.

"Estando ausente de ti/ ¿qué vida puedo tener,/sino muerte padecer/la mayor que nunca vi?" (San Juan de la Cruz, "Coplas del alma"). En su acepción original, el mito otorga sentido a la relación entre el amor y la muerte. Entendemos el mito como relato que nos abre a las fuentes de la vida, enseñando la dimensión de lo humano. Nos aproxima a lo sublime y trascendental, pero también a los límites de hierro que anuncia e impone la temporalidad, como destino inexorable. El mito, tal como lo sugiere Mircea Eliade, es un relato que nos muestra una manera esencial del ser, de la realidad más íntima de las cosas, y en ese sentido narra lo que ha sucedido verdaderamente. Así como al amor, Occidente también vuelve a leer el mito para incorporarlo en la cultura de acuerdo a sus relatos más señeros. La poesía, el arte y la literatura son formas expresivas del mito en la cultura occidental. No obstante, su fuerza metafísica y mágica irrumpen, quebrando las cadenas de la conceptualización occidental. Su universalidad y relación con lo esencial emergen, en este caso, como fuente de comprensión del impulso del amor y su relación con la muerte como un vértigo. Esta idea desmiente el desencantamiento que acompaña la mirada más ligera y sarcástica en la cual el amor es algo "que se pasa", que está sometido al tiempo, que a su vez es un factor de sanación, de "terapia", contra "los males y sufrimientos" del amor.

En realidad, el amor no está condenado a ser extinguido por el transcurso del tiempo, aunque su experiencia surge vinculada a una temporalidad, que generalmente es menos que lo que "resta de vida". Pero en ese a veces breve transcurrir, existe un vínculo que nos abre a lo perenne que es casi lo mismo que la verdad. Este es el descubrimiento esencial de los amantes cuando en un momento de éxtasis amoroso prometen amarse "hasta que la muerte nos separe". Es el momento breve y eterno que funda la relación entre amor y muerte.

"Después de todo/ nos volveremos a encontrar/ Después de todo hay tantas y tantas tierras (... ) En otro lugar/ lejos de esta tierra y de su tiempo/ espero tu rostro/ en donde están todos los rostros que he amado" (Jorge Teillier, "Después de todo"). En la noción más común de la muerte, el tiempo se presenta con fuerza como lo terminal, el fin. Con todo, el tiempo transcurre, y esto nos abre a un espacio temporal, que es la transición hacia el fin, en que hay un pequeño pozo de esperanza que la muerte sea también apertura. La muerte se percibe como un absoluto que funda, porque, en este caso, está originada en el amor; la muerte, en vez de ser fin, lo niega, y se rescata para un presente. La muerte deja todo en un eterno presente y en esa medida es la salvación del amor. En la versión común, en cambio, la fortaleza del amor se siente minada por la temporalidad. La muerte es un destino trágico; el amor se encamina hacia ella, y oscila entre desearla y rechazarla; esperanza y desesperanza. La respuesta de los amantes es ejercitar la fuerza liberadora del amor ligándola a la muerte. La muerte es elegida como potencia de vida, en el suicidio, o en el sometimiento a la imposición férrea de un pacto que inevitablemente debe rendirse a los avatares de la historia, los mandatos de los dioses, las condiciones sociales, las limitaciones de la locura o del arrojo, los dolores del desamparo, la desesperanza y el abandono.

Amor y muerte, como las realidades más culminantes a las que el hombre debe enfrentarse, hacen acto la potencial fragilidad con que la realidad los cubre. La fragilidad constituye una amenaza constante al plan de eternidad de los amantes, por medio de la temporalidad y del azar que produce el ardid, lo cual les hace tender a quebrar los códigos de sobrevivencia. La fragilidad es un preámbulo de la muerte, es su premonición. Cuando Orfeo, impedido por los dioses de mirar a Eurídice como condición para rescatarla de los infiernos, vuelve sus ojos hacia ella, quiebra el mecanismo acordado para el encuentro de los amantes. La necesidad de mirarla es una cara de la fragilidad que se apodera de Orfeo, truncando la posibilidad del final feliz. En el amor se contiene su fin y su eternidad, ya que los amantes se encuentran en el territorio de la muerte. Ahí el amor asume la plenitud de su verdad.

La relación entre amor y muerte aparece en los mitos más antiguos. En el mundo griego, Orfeo y Euridice; en el medievo, el relato arturiano de Lady Shalott, son algunos de los mitos en que se nos presenta más notablemente este vínculo. El occidente moderno ha vivido bajo la sombra de un gran mito poético literario, Romeo y Julieta de Shakespeare, en un "eterno retorno" al mito fundacional, que ya se encuentra en el destino de la historia babílónica de Píramo y Tisbe, tal como lo leemos a través de Ovidio (La Metamorfosis). Las familias, al comprender el trágico fin de los amantes a causa del ardid del destino, deciden, como el rey viudo de Isolda, que sus cenizas se contengan en una sola urna. Estos relatos nos han llegado inmersos en una atmósfera que pone énfasis en la fatalidad, en los ardides del destino, en la inamovilidad de un desenlace; cuando no bajo el dictamen que penaliza un yerro moral. Esta mirada ha restado belleza, libertad y trascendencia al desenlace mortal del amor. El logro de lo absoluto queda ofuscado como opción ante la poderosa voz contemporánea de que la muerte es el fin.

Una Nueva Mirada
Creemos posible dar otra mirada a estos relatos en cuanto mitos. Una mirada que los redescubre en lo que tienen de revelación del amor humano como fondo de verdad trascendente. Al vincularse con la muerte, el amor se abre como energía vital y mortal. Podemos mirar los relatos nombrados como versiones de una misma revelación: la muerte provocada como desafío a la inevitable temporalidad de la vida, que impone sus límites sobre el amor.

Desde esta perspectiva miramos, por ejemplo a Romeo y Julieta, desde otro ángulo. Proponemos retirarnos del relato tal como se le representa, como comedia de equivocaciones, en que los ardides ante la oposición de las circunstancias sociales y familiares se truncan en tragedia. Lo mismo afirmamos de Tristán e Isolda, en el cual el triunfo de una intriga de celos sella, sin embargo, un amor más allá de la muerte. Esto vale tanto para Isolda la Bella, como para su homónima, Isolda de las Manos Blancas. El que ambas mujeres tengan el mismo nombre refuerza la realidad de que amor despechado y amor imposible pueden fundirse en la instancia de la muerte. Ahí yace Tristán, agónico, esperando el regreso de su enviado. El código acordado es que si éste regresa en una nave que despliega sus velas blancas, Isolda la Bella, su amada, viene en el barco a salvarlo. Si en cambio el navío despliega sus velas negras, la Reina no está a bordo y Tristán muere, también Isolda la Bella. El Rey viudo acepta la situación trágica y la traición de su reina, y los hace enterrar juntos. La muerte ha liberado las ataduras y ha hecho triunfar al amor, siempre y cuando los que escuchamos este mito aceptemos al menos un atisbo de la trascendencia que contiene.

"(...) mi tumba se me figura mi lecho nupcial" (Shakespeare, Romeo y Julieta, I, 5).
Más allá del enredo de resultado mortal, lo que queremos ver es que el desenlace no querido responde a una voluntad de salvación; la fragilidad del amor entrampado por los cuerpos es rescatada para siempre cuando la anima la fuerza de la muerte. Al sacrificar su vida, Romeo y Julieta sacralizan su amor. En otros casos, el amor frustrado, o el amor de pérdida, pueden también encontrar en la muerte la cantera de la realización amatoria, que no es otra cosa que su sacralización. El sacrificio se hace sagrado. Se despoja de su poder a la justicia humana, no sólo como ademán de arrogancia, sino también como acto de humildad que pone su confianza en el manto protector de la trascendencia. El gesto de los amantes al arrojarse al vacío constituye un desafío a la reprobación de quienes quedan; es, por otra parte, un aliento cariñoso a los seres que se encuentran en el mismo dilema.

Aunque en todo suicidio hay un cierto histrionismo, no se puede olvidar que ese arrojo temerario nos deja sumidos entre la compasión y el vacío. Es, asimismo, un gesto para liberarse del cuerpo. La muerte por amor desata el nudo de la dependencia corpórea del amor. También al no existir amor, más aún, al disfrazarse con un 'como si' en el matrimonio forzado, se confirma la vinculación primordial entre amor y muerte. Es la conclusión, contrario sensu, a la que nos permite llegar el mito fundacional de Cracovia, donde la doncella Wanda prefiere la muerte antes de ser desposada con un caballero alemán, según lo deseaba su padre, el Rey Krak. En el modelo del suicidio por amor se escoge dar una última bofetada, como manera de permanecer entre los vivos. Pero a nadie se oculta que a la vez la vida se diluye en el cuarto oscuro de la soledad. En el suicidio de amor se clama por el amor. Lady Sharlott, 'singing in her song she died' (Tennyson), logra, cuando ya no lo puede ver, que Sir Lancelot reconozca al menos la belleza del ímpetu amoroso y la hermosura de la dama que elige morir por él.

En nuestra tradición lírica, se ha cantado el vínculo entre el amor despechado y la muerte, en donde se pone la decisión irrevocable en las manos de Dios: "Y yo dije al Señor: '¡Por la sendas mortales/le llevan/ ¡Sombra amada que no saben guiar!/ ¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales/ o le hundes en el largo sueño que saber dar!" (Gabriela Mistral).

La agresión de no ser amado se consume en la ausencia definitiva del amado/agresor; se le rescata en la liberación que produce la muerte, y al mismo tiempo en la esperanza de recuperación para sí que provoca la misma muerte. El arrojo de la muerte otorga existencia a otra dimensión: es la esperanza que se trasluce en la mirada sobre la muerte. Es quizás a esta experiencia, la que apunta Meister Eckhardt, según nos recuerda Albert Camus, de que el cielo es imaginable sin Jesús, hasta el punto de preferir el infierno si es que Aquel no se encontrase en el cielo. Camus piensa que este es el "movimiento mismo del amor". ¿Se puede expresar de manera más precisa la relación entre amor y muerte? "¡Porque lo bello no es sino/ el comienzo de lo terrible, ese que todavía podemos soportar;/ y lo admiramos tanto porque, sereno, desdeña el destruirnos" (Rilke, Las Elegías del Diuno, "Primera Elegía". Trad. de OttoDrr)

"Oh love! Oh life! - not life, but love in death" (Shakespeare, Romeo y Julieta, IV, 5). Los mitos acerca del suicidio, en vez de invitarnos a una autodestrucción trágica, hacen resaltar hasta su límite de máxima expresión la vinculación entre amor y muerte como esperanza. La presencia material del cuerpo es el punto de quiebre entre amor y muerte. Ante la imposibilidad del encuentro amoroso entre los cuerpos se elige la esperanza de un amor liberado de la materia. Porque cuerpo y espíritu son las dos dimensiones necesarias al amor, unificando así la realidad material del cuerpo como depositario del espíritu y la mente amorosa, y la realidad del sentimiento que requiere de este cuerpo para expresarse en toda su profundidad. En una visión no limitada de la manifestación erótica del amor, también el cuerpo es más que el mero placer. El cuerpo adquiere sentido como conjunción de lo inmanente y lo trascendente. "Ces plaisirs qu'on nomme, la légre, physiques". (Colette)

El mito no incorpora como posibilidad todas las realidades. Como el mito es realidad, pero no es toda la realidad, las también realidades del pecado moral y de la patología sicológica que acompañan al suicidio no se encuentran presentes en el lenguaje mítico. Al ignorar todo lo prosaico que acompaña la muerte voluntaria, el mito recoge el hilo que teje la esencia fundante de la realidad; pero nada dice acerca de los laberintos de la realidad concreta. Así potencia, poéticamente, la magnificencia del amor y de la muerte, permitiendo que el hombre, sumergido en la casuística inmediata del mundo moderno, desacralizado y ávido de morbosidad, eleve su mirada, aunque sea un instante, hacia lo absoluto. "Mi alma afligida/ gime y desfallece/ ¡Ay! ¿quién de su amado puede estar ausente?/ Acaba ya, acabe/ aqueste sufrir./ Ansiosa de verte, deseo morir". (Santa Teresa de Jesús, "Ayes del destierro").

*Ana María Stuven y Joaquín Fermandois son profesores del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

**Artículo publicado en el Diario El Mercurio el 07/01/2001.


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