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Artículos de prensa

Valoración de Portales

Alejandro San Francisco*

La aparición de los restos de Diego Portales ha hecho renacer el interés en su figura histórica y también ha reabierto un antiguo debate que hasta hoy tiene representantes que favorecen o denigran la figura del ministro.

Entre los historiadores, quizá los representantes más interesantes en la actualidad sean Bernardino Bravo Lira, quien valora el aporte de Portales en la consolidación del gobierno civil y de la república en el siglo XIX chileno, mientras Sergio Villalobos lo denuncia como una "falsificación histórica" y destaca su carácter autoritario y la arbitrariedad de sus medidas. Simon Collier y Enrique Brahm han dado cuenta de una amplia historiografía que se ha desarrollado en los siglos XIX y XX, que muestra a numerosos autores en la búsqueda de explicaciones para la persona y obra de quien algunos han llamado el fundador de la república.

En verdad, son muy pocos los historiadores que han resistido la tentación de referirse a Diego Portales y de explorar su grandeza o sus miserias. Así lo han hecho Encina, Edwards, Vicuña Mackenna, Eyzaguirre, Góngora y Jocelyn-Holt, entre otros, quienes han querido explicar el principal resorte de la máquina, las razones del éxito chileno en el contexto internacional, el peso de la noche o los rasgos más propios del llamado régimen portaliano.

Curiosamente, el interés de la figura de Portales no es exclusivamente chileno. Ya en los confusos años que siguieron a la independencia y al triunfo pelucón en Lircay, los representantes diplomáticos británicos se sentían particularmente interesados en este hombre que parecía abarcarlo todo en materias de administración pública, provocando un verdadero giro en la forma de gobernar el país. Mr. White lo describía en diciembre de 1830 como un hombre "vigilante, activo y firme" al tomar medidas para asegurar la tranquilidad de Chile.

Meses antes, el mismo diplomático advertía sobre un tema del mayor interés, que convendría rastrear un poco más: aseguraba que los hombres "más inteligentes, ricos e influyentes de la capital" estaban convencidos de que el país no podía permanecer sin disturbios en un sistema republicano, y que la única manera de obtener el respeto interno y en el extranjero sería mediante la adopción de "un gobierno monárquico". Lo interesante es que el señor Portales, entonces Ministro de Relaciones Exteriores, había autorizado a los ingleses a comunicar dichos sentimientos a los ministros de Su Majestad.

La realidad giró en otro sentido, a través de la formación de un gobierno autoritario o dictatorial consagrado constitucionalmente en 1833. Fue tal el cambio que experimentó el país a juicio de los cónsules británicos que ya a mediados de 1834 podía asegurar que Chile se estaba convirtiendo en una excepción en el concierto sudamericano, por la capacidad de mantener el orden, tan escaso en las repúblicas herederas de la monarquía hispana.

El orden, sin embargo, tenía algo de aparente. El propio Diego Portales fue asesinado por un motín militar en junio de 1837, cuestión que sirvió para probar los problemas que subsistían, pero también para engrandecer su figura. De inmediato, chilenos y representantes extranjeros destacaron que había muerto una figura notable, el hombre que había mantenido el orden, el que movía al gobierno a pesar de no haber sido Presidente de la República, el ministro que había sido "el origen" del gobierno vigente en Chile, "cuyo talento, íntimo conocimiento de los deseos del país, energía y actividad" fueron los principales soportes en los primeros años de la república, en palabras de Walpole.

Evidentemente, la misma muerte de Portales contribuyó a ensalzar su figura. Murió siendo un programa político y no alcanzó a experimentar el desgaste que sufren otros hombres en la historia. Adicionalmente, algunas de sus ideas cobraron fuerza, tales como el antimilitarismo, la necesidad del orden, la importancia del Pacífico. Incluso la guerra contra la Confederación Perú-boliviana se hizo más popular. Había muerto "el genio creativo" de Portales, como se señaló en una oración fúnebre.

Quizá por eso hoy desde distintos lugares se reclame su figura como algo valioso para el país en su conjunto. Como ha sido, por lo demás, durante gran parte de la historia. Portales, alabado por el Partido Conservador por casi un siglo, fue también venerado por balmacedistas, ibañistas y alessandristas. Allende recordaba el orden existente en Chile desde 1833 como una de las mejores características de la patria. Pinochet hizo de Portales uno de los íconos del gobierno militar, mientras algunos escritores de izquierda preferían valorar el hecho de que Portales rechazaba la intervención de los militares en política. Hoy el Presidente Lagos retoma la figura del mártir civil, que vuelve a cobrar presencia pública, nunca enteramente interrumpida después de su irrupción en la política en los tiempos de la organización republicana.

Porque Portales, más allá de las polémicas, está destinado a seguir presente en la historia de Chile, en la discusión de los especialistas y en la de las autoridades políticas del país. En un pueblo con pocos héroes, Portales aparece como una figura emblemática, unitaria a pesar de algunas acciones de su vida y colosal, producto de su obra y la valoración que ha recibido de sus compatriotas.

* Alejandro San Francisco es profesor del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

**Artículo publicado en el Diario La Segunda, el 23/03/2005.



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