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Artículos de prensa

“Chile y el once que hoy tenemos”*

Claudio Rolle

 

El once, el 11 de septiembre, se ha convertido al cabo de 35 años de su traumática aparición en la historia de Chile en un dato de la agenda periodística, rotulado en el ámbito policial. La víspera de esa fecha histórica se ha vuelto un momento de ansia y de temor frente a manifestaciones de violencia que parecen difíciles de extirpar. Esto, porque no se percibe una relación clara entre los motivos de protesta y la fecha en el calendario.

Es quizás la inercia de la disconformidad y la ira de los 80 que se mantiene con porfiada constancia. Hay en esta persistencia del desahogo violento cierta complicidad de la prensa y del sistema de medios: por una parte, informan sobre las innumerables expresiones de violencia y, por otra, crean el clima necesario para que éstas logren su caótico efecto.

Tampoco es solución, y diría es menos solución, esperar que el once sea un día como cualquier otro y que el tiempo que todo lo alcanza termine por poner orden en lo que ha sido un día de furia. Es una engañosa ilusión la de pensar que, generacionalmente, las cosas se apaciguarán al ser hoy la mayoría de la población ajena al momento de partida de esta historia de antes y después del 11. La situación es particularmente triste porque se mantienen los males de la fecha sin poder obtener aprendizajes de esta durísima experiencia colectiva de hace siete lustros.

En esta suerte de indiferencia frente al significado del 11 y de atención sólo a los brutales síntomas de prácticas que se han hecho atávicas, me parece que se hacen evidentes la debilidad del discurso de los historiadores frente a la sociedad y el oportunismo de muchos que esperan que las aguas se aquieten por cansancio y paso de los años.

Que el once pase de las páginas de la historia a esa dimensión -también histórica, pero bien particular- de la crónica policial es una señal de la falta de compromiso con los asuntos comunitarios de muchos de nosotros, de la debilidad de nuestra ciudadanía y de la comodidad que impera en quienes por formación y situación deben conducir una reflexión iluminadora para la vida en común.

El once ha comenzado a morir desde la apoteosis de 2003. Es como si se hubiese producido un arrebato y pasase a primar la idea de un deber ya cumplido. Creo, sin embargo, que existe responsabilidad de los historiadores, como servidores de la sociedad que los cobija, para volver a plantear la importancia de esta fecha liminar de nuestra vida en común. Proponerse volver a visitar el 11 con el objeto de comprender, primer deber de quienes trabajamos en el ámbito de la historia, superando por una parte el temor a la confrontación, natural y esperable en estas materias, para dejar espacio a una reflexión con perspectiva y proyección.

La negación del acontecer por medio de la ignorancia, el olvido o el desprecio del pasado es un camino ciego que termina llevando al sinsentido y a que no tengamos ideas claras de por qué una fecha clave de nuestra memoria se ha trivializado brutalmente, vaciándose de todo contenido que no sea una vaga manifestación antisistema. No hay aprendizaje y enriquecimiento con la experiencia si no se plantea el desafío de recordar y dar sentido, por eso hay hoy urgencia de construir memoria e historia.

**Publicado en la sección Ideas & Debates del diario La Tercera, jueves 11 de septiembre de 2008.

 


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