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Artículos de prensa

"¿Último gobierno de la Concertación?
¿Qué consecuencias políticas tendrán los actuales problemas del oficialismo?"

 

Cristián Gazmuri*

La administración de Ricardo Lagos no ha sido mala si se tienen en cuenta las difíciles condiciones económicas internacionales que le ha tocado enfrentar. Esto queda en evidencia cuando se compara la situación chilena con la realidad que están viviendo o han vivido recientemente nuestros vecinos. La crisis peruana no parece superada plenamente y la recuperación tardará. Argentina está pasando por los que quizá sean los más difíciles -en todo caso uno de los peores- momentos de su historia contemporánea. Bolivia y el enorme Brasil están también en graves problemas, etc. etc. Comparada con estos casos, la situación de Chile aparece como relativamente aliviada: creceremos alrededor de un 4% este año -el doble del promedio mundial- y existe o existía hasta hace muy poco tiempo bastante tranquilidad política y social.

Hay, con todo, varios problemas graves. El peor -porque tiene que ver con la naturaleza misma del sistema económico que tenemos- es la mala repartición de la riqueza. Y esto ocurre a pesar de todos los esfuerzos por llevar adelante una política social fortalecida, realizados en los últimos 10 ó 12 años.

Otro, que golpea hoy a un sector importante de la población, es la cesantía. Más allá del drama humano que significa, pues el cesante chileno es un ser que queda casi completamente indefenso, la desocupación incide en que no aumente el consumo, lo que genera una reacción en cadena que conspira contra una recuperación de los altos índices de crecimiento del pasado. En fin, hay una ola de desánimo que parece recorrer Chile.

Quizá esta sea el "anticlímax", después de agotado el asunto Pinochet, pero en el que también inciden nuestros fracasos deportivos -algo que es fundamental para el ánimo de un vasto sector de la población-; la decreciente calidad de vida que se va imponiendo en nuestras ciudades más grandes, donde problemas fundamentales, como son el esmog y la locomoción colectiva, parecen no tener solución. Peor todavía, no se aprecia que se trate de solucionarlos seriamente. Y así hay varios factores más, como una prensa casi absolutamente controlada por la oposición, la que se refocila aumentando este estado de ánimo negativo. El hecho es que el desánimo es también, es un problema mayor. Un país deprimido es difícil que "tire para arriba".

A estos problemas se ha venido a agregar en los últimos días otro que preocupa mucho. Es el panorama que se observa dentro de la alianza de gobierno, la Concertación. Pocos podrán dudar que este conglomerado ha logrado un retorno paulatino -aunque no finalizado aún- a la democracia, el que exhibe luces y sombras, pero que muy probablemente la historia lo juzgará de manera más bien positiva. Pero en el presente la coalición de gobierno está mostrando signos evidentes de desintegración.

El episodio de la fallida inscripción de candidatos por parte del Partido Demócrata Cristiano es una muestra de inepcia que linda en el ridículo. La fórmula encontrada por el gobierno -como mal menor, sin duda- pudo dar solución a una situación política absurda, pero es una prueba palmaria de desigualdad ante la ley. ¿Qué pasa si un ciudadano común y corriente se atrasa o equivoca en su declaración de impuestos? O, ¿sin darse cuenta, conduce a 110 kilómetros por hora en una carretera y es detenido por Carabineros? Nadie soñaría con dictar una ley para permitirle enmendar su error sin castigo.

Pero, en caso de las inscripciones, como el acto de desidia asumió características monumentales, en nueve horas estaba lista la ley que daba una segunda oportunidad a los candidatos democratacristianos. Se castiga la equivocación o error pequeños. Para el grande, borrón y cuenta nueva.

A los pocos días otro escándalo, el pacto del Partido Socialista con los comunistas, una situación que bien podría calificarse de deshonesta frente a sus aliados de la Concertación. Y, en todo caso, poco clara y mal intencionada. Peor todavía, al reanudar vínculos formales con el Partido Comunista chileno –todavía marxista leninista ortodoxo-, el Partido Socialista está dando una pésima señal a la opinión pública.

¿Es que algunos dirigentes socialistas -y una mayor parte de las bases, pues Escalona llegó a presidente de su colectividad en elecciones- no se convencen todavía que el gobierno de la Unidad Popular, más allá de sus buenas intenciones, fue malo, equivocado fundamentalmente en el proyecto histórico que quería llevar a cabo y en los métodos que empleó? ¿Que el comunismo del siglo XX, que todavía es el del PC criollo, se tradujo en algunos de los regímenes más brutales que nos muestra la historia mundial? ¿Qué significan estas señales? Me temo que la respuesta sea que estamos presenciando el agotamiento de la Concertación, presagio de su crisis terminal. No me atrevo a decirlo con seguridad todavía, pero, históricamente, cuando un conglomerado político ha caído, repetidamente, en este tipo de situaciones, por lo general ha sido el anuncio de su muerte.

Bien puede ser -por difícil que parezca aceptarlo para quienes combatimos la dictadura militar y la derecha que la apoyó- que la alianza de gobierno sea reemplazada por esa derecha, algo cambiada, pero en el fondo la misma, en un próximo gobierno. El primer signo claro de que este será el proceso futuro lo tendremos en las elecciones parlamentarias del 11... Perdón, del 16 de diciembre próximo.

*Cristián Gazmuri es director del Instituto de Historia de la Universidad Católica.

**Artículo publicado en el diario La Tercera el 25/07/2001.


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