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Artículos de prensa

"El primer Mediterráneo "

     Nicolás Cruz*


"El Mediterráneo Antiguo: el espacio y la historia" es el título del ciclo inédito que organizan la Corporación Cultural de Las Condes y la Fundación Gabriel & Mary Mustakis como una forma de celebrar su décimo aniversario, dedicado a "compartir las aventuras del humanismo".

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El mar Mediterráneo llegó a ser durante la antigüedad el escenario activo de la vida de pueblos muy diferentes que habitaban sus costas, viajaban y realizaban variados intercambios en sus múltiples puertos. Todo esto fue el resultado de una historia lenta y colectiva en la que participaron muchas sociedades, aunque se haya hecho un hábito prestar una atención mayor a los fenicios, griegos y romanos.

Algunos de estos pueblos tuvieron una necesidad mayor de utilizar el mar como una vía de comunicación e intercambio comercial con lugares que para ellos resultaban todavía remotos. Los puertos de la zona siria libanesa comenzaron navegaciones acotadas a espacios relativamente cercanos, mientras que las islas egeas no podían sino encontrar en el agua que las rodeaba la posibilidad de proyectarse.

Homero

Los unos dieron origen con el paso del tiempo a la intensa actividad comercial de los fenicios, que llegó a extenderse por la costa sur de África, donde se fundaron ciudades tan importantes como Cartago, mientras que la navegación llevada adelante por las islas antecedieron a la intensa actividad que desarrollarían los griegos en el mar.

Estos primeros pasos tenían lugar en el segundo milenio, tiempo en el que ya se podía encontrar un intercambio cultural y económico en la parte oriental del Mediterráneo.

Una guerra, ¡cómo no!, librada por los griegos contra los troyanos hacia el siglo XIII a.C., entrega una serie de informaciones sobre las actividades de navegación en una de las partes más alejadas del centro del Mediterráneo, como lo es el mar Egeo. Todo parece indicar que además del secuestro de Helena - representación de algún acto de agresión troyana- , los helenos querían tomar el control del paso hacia el Mar Negro.

Para esto, nos dice Homero, sostuvieron una guerra - es probable que hayan sido varias- , transportando una flota de proporciones desde Grecia hasta las costas de Asia. La Ilíada y La Odisea son relatos que contienen una enorme cantidad de datos de la percepción que, todavía unos siglos después, los griegos tenían respecto del mar. El Egeo, al menos, parece haberles resultado conocido, no sólo para navegarlo con cierta tranquilidad, sino que también porque identificaban con claridad sus partes e importancia, tanto como para sostener una larga lucha que les permitiera alcanzar el dominio de sus zonas.

Pero uno de los reyes griegos que participaron en la guerra fue Ulises u Odiseo, rey de la pequeña isla de Ítaca, quien, a diferencia de la mayor parte de sus colegas, gobernaba un territorio que daba al Mar Jónico, por tanto debía hacer un viaje más extenso de regreso, expuesto a la mala voluntad de algunos dioses, quienes podían - y de hecho lo hicieron- despistarlo y desviarlo hasta lugares en que los habitantes seguían una dieta alimenticia distinta a la conocida entre los griegos (los lotófagos), o donde nunca se había conocido lo que era la cultura de los griegos ni había ningún interés en hacerlo (como en la isla de los Cíclopes). El mar, más allá de ciertos límites, se abría amplio, misterioso y peligroso, aunque el hombre, con la ayuda de otros dioses, ya contaba con la capacidad técnica y la voluntad que le permitía afrontar la situación y volver, algún día, a casa luego de navegarlo.

Los griegos que vinieron después de Homero profundizaron el conocimiento del mar y lo navegaron con una seguridad cada vez más creciente. Para ellos resultaba importante recorrerlo, pero también medirlo, establecer en cartas geográficas las distancias y los puertos intermedios antes de llegar a su destino, uniendo en este quehacer todas las habilidades que venían desarrollando en el plano intelectual y científico. Pero había más: estaba ahí el gusto por saber de los pueblos con los cuales se hacían intercambios, sus costumbres y la necesidad de leerlos y comprenderlos bajo sus parámetros culturales. Heródoto fue el escritor-historiador que reflejó con una mayor potencia este interés. Egipto, los escitas, los persas, cada uno de ellos, además de los propios griegos, por cierto, son retratados de una manera tan lograda en su geografía, gobiernos, hábitos y economía. Su obra tuvo mucho reconocimiento en su tiempo y goza de un enorme prestigio hasta nuestros días. Hacia el siglo V a.C. - cuando Heródoto escribió- se daba una cultura cosmopolita que se puede graficar por el hecho de que este viajero griego pudiese desplazarse por una buena parte del Mediterráneo, pasar estadías largas en otras tierras, preguntar, investigar y satisfacer a sus lectores el deseo por saber sobre los pueblos de otras orillas que les parecían tan distantes de las suyas.

Eneas, un troyano

Algunos siglos después de Homero, y a cinco de diferencia con Heródoto, un poeta romano, quien también buscaba relacionar su presente con el pasado más distante, recreó el viaje, que otro de los combatientes en la guerra de Troya se vio obligado a hacer odiosidad. Eneas, un trox yano derrotado, protagonista de La Eneida de Virgilio, viajó desde su ciudad que había sido destruida hasta Tracia, Delos, Creta, las costas del Adriático, Sicilia, Cartago, las costas de Nápoles y el Lacio. Aunque la recreación buscaba poner a este héroe piadoso en el mismo escenario de Ulises, el Mediterráneo que allí emerge es el de los romanos hacia fines del siglo I a.C., cuando este pueblo había logrado el dominio sobre cada una de sus costas y empezado a acuñar el término de mare nostrum, tan mencionado en la historia.

Se trata de un mar que ya resultaba conocido en detalle y en el que han desaparecido aquellas zonas oscuras que tanto desesperaron a Ulises. El de Eneas es un Mediterráneo interconectado donde todos están informados de lo que ocurre en sus distintas orillas.

"Nuestro camino"

Cuando él y sus hombres llegan a Cartago encuentran, en un templo dedicado a Juno, esculpidas escenas de la guerra de Troya; los latinos y rutulos que combaten a los troyanos en el suelo de Italia no sólo conocen los hechos principales de la guerra, sino que también sus detalles, y cuando quieren burlarse de ellos hacen referencia a situaciones en las que demuestran conocer muy bien las costumbres e historia de sus enemigos.

El término mare nostrum hace referencia a una situació real: los romanos habían conquistado no sólo aquellos lugares por los que pasaron los exiliados troyanos que componían la tripulación de Eneas, sino que también tenían bajo su dominio las costas de Las Galias y las de Hispania. Virgilio comenzaba a escribir su poema al año siguiente de la incorporación de Egipto como provincia romana en el año 30 a.C. No había, en principio, ninguna costa del mar que no estuviese bajo el control de los romanos. Era "nuestro mar", pero, ¿era "nuestro camino"? Esto es, ¿estaba pacificado de modo de que realmente pudiese navegarse con seguridad y provecho? Como siempre, conquistar es distinto de controlar, y en esto, los romanos tenían todavía un largo camino que recorrer.

La discusión para hacer de este mar "nuestro camino" había tenido varias etapas entre los romanos, y uno de los momentos decisivos tuvo lugar en el año 67 a.C., cuando las medidas adoptadas, de acuerdo a las formas tradicionales de dominio, para, por ejemplo, frenar y derrotar las acciones disruptivas de los piratas ilirios que interrumpían el tránsito regular en el Mediterráneo oriental, hicieron que desde el Senado romano, y con el apoyo de Cicerón, se decidiera otorgar a Pompeyo una concentración de poderes que nunca Roma había sido puesta en manos de uno solo de sus magistrados. En el hacer del Mediterráneo "nuestro camino", se terminó por imponer la necesidad de implementar medidas transformadoras, concebirlo como una unidad y, al menos en los momentos más álgidos, entregarlos a la dirección de una sola persona. Será de ahí en adelante que las distintas vías que cruzan el mar y unen territorios distantes funcionen de manera cada vez más expedita: el gobierno romano y las actividades de los particulares contaron con carreteras cada vez más sofisticadas que partían desde Roma, avanzaban por tierra, se introducían en las aguas mediterráneas, para luego retomar un terreno sólido distante a muchas millas.

Pero cuando esto suceda, situaciones relacionadas con la expansión romana comenzarán a transformar la geografía política del Imperio. Sus efectos se advertirán en el largo plazo. La conquista de Las Galias por Julio César hacia mediados del siglo I a.C. incorporará una nueva zona de gran riqueza forestal y mineralógica. De manera poco perceptible, el centro del Imperio empezará a trasladarse desde el Mediterráneo hacia el norte, y serán otras aguas, las de los grandes ríos, como el Rhin y el Danubio, las que concentren el mayor interés. Y más adelante, el centro de gravedad del Imperio se ubicará en el oriente, y Constantinopla, a inicios del siglo IV d.C., será el símbolo que mejor represente este nuevo escenario.

Cristianismo

Si el Imperio romano se aleja del Mar Mediterráneo aunque sin renunciar a él, por cierto, el otro gran movimiento del período, el Cristianismo, verá en el mare nostrum el escenario adecuado para su difusión. Esta religión sobrepasó sus límites geográficos en La Palestina - provincia romana- para iniciar una expansión que tendrá entre sus primeros lugares las islas egeas y las ciudades de la costa este de Grecia, y, en breve, llegará hasta Roma misma. Es un hecho comprobado que los cristianos se difundieron por las vías de tierra y mar que había formado Roma y que en varios lugares esta fe prendió primero entre pescadores y navegantes.

En los tiempos del dominio romano, el Mediterráneo llegó a ser un mar unificado: las leyes del gobierno cruzaban desde una costa a la otra, las ideas circulaban por todos los puertos al igual que los productos de una compleja economía que permitía encontrar en la provincia de Egipto los platos de cerámica gala que habían recorrido tierra y mar hasta llegar a esas tierras del Nilo.

Se había inaugurado así, con las diferencias propias de cada tiempo, una tendencia hacia la globalización.

*Nicolás Cruz es  Director del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile

**Artículo publicado en el diario El Mercurio el 16/04/2006


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